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 México, DF a 13 de marzo de 2001

 

                 Querido Francisco:

 

  Espero que cuando recibas estas líneas te encuentres tan bien de salud como yo. Te escribí para darte la noticia de que mi hermano se va a casar. ¡Las ganas que tengo de que vengas para la ceremonia! El vestido de novia es divino, y mi hermano se ve guapísimo con su frac negro. Yo me compré un traje de dos piezas de color beige que logra el efecto que siempre busco en la ropa: que no me haga ver ni muy gordo ni muy delgado. Y deberías de conocer a la novia, es toda elegancia en el vestir y es toda una monada como persona. En fin, de verdad espero que vengas a compartir conmigo estos dichosos momentos.

 

 La otra razón por la que te escribo es porque he oído ciertos rumores últimamente. Se dice que te has buscado otro compañero y que es ahora su retrato el que cuelga de la pared, en el mismo sitio donde antes estaba el mío. ¿Acaso el tiempo que pasé a tu lado no significa ya nada para ti? ¿Qué hay de las tardes que vimos juntos la puesta del Sol con tu cabeza en mi regazo? Parece ser que ya no recuerdas momentos íntimos, como la vez que llorabas por la muerte de tu madre, fui yo el que secó a besos las lágrimas de tu rostro, fueron mis brazos los que te estrecharon, como si en ello me fuera la vida. No puedo creer que eso ya no signifique nada para ti, que haya otro que ahora llena de pasión tus noches.

 

 ¡¿Y qué si ya no me quieres?! Ojalá no te hubiera nunca conocido. Tienes razón, lo nuestro ya hace tiempo que acabó. Puedes quedarte con mi copia de las llaves del apartamento, lo adjunto en el mismo sobre. De todas formas estoy seguro que habrás cambiado la chapa. Y no necesitamos tu presencia aquí en la boda de mi hermano, no estás invitado. Sin más que decirte me despido de ti, espero que para siempre.   

 

 

 

 

Rodolfo

 

 

PD. Puedes quemar todas mis plantas y regalar toda la ropa que haya dejado en tu apartamento.

 

 

 

ãJORGE GULÍAS MERELLES